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Un país en ruinas. Reflexiones sobre las consecuencias de los terremotos en venezuela

Hablar de Venezuela hoy, es un ejercicio marcado por el dolor. El pueblo venezolano acumula viejos y nuevos duelos. En menos de 7 meses ha enfrentado una invasión militar, la pérdida de su soberanía y dos terremotos simultáneos que hasta la fecha han dejado casi 5000 personas muertas, más de 29.000 personas desparecidas, y otras 17.000 sin hogar.

No sería justo, sin embargo, narrar solo la perdida incalculable; dejando de lado la inmensa solidaridad que ha movilizado a millones de personas. Una solidaridad que ha logrado salvar más de 6000 personas bajo los escombros, cocinar para miles cada día, organizar refugios, abrazar y sostener, cuidarse entre sí. El pueblo venezolano ha logrado tejer una red de autoayuda y organización tan grande como grande es la devastación que enfrenta.

La crisis política y económica de los últimos trece años, podría explicar por qué un suceso natural de esta dimensión se siente en la sociedad venezolana, no solo como una tragedia inesperada, sino como “la gota que derramó el vaso de agua”, el punto de un camino sin retorno. En este caso no fue una gota, sino dos, de 7.2 y 7.5 en la escala Mw.[1] A continuación, nombraré solo algunos hitos que puedan brindar un contexto de este vaso que se derramó por completo con un sacudón de tierra inesperado y mortal el 24 de junio a las 18 horas.

En los albores del siglo XXI, después de cuarenta años de democracia fallida, el país caribeño dio un vuelco a su destino, abriendo camino a una transformación social protagonizada por un amplio sector popular. La muerte del líder este proceso en el 2013, Hugo Chávez, golpeó fuertemente este avistamiento prometedor hacia el socialismo y evidenció las debilidades internas del proceso. Posteriormente, la caída del precio del petróleo, la ruptura ideológica con el proceso bolivariano durante el gobierno de Nicolás Maduro, el bloque económico criminal impuesto por Estados Unidos, la privatización de la economía y la perdida de los derechos sociales de las mayorías, provocó una crisis económica que enriqueció a la élite política en el poder y empobreció radicalmente al resto, obligando a millones de venezolanos a migrar fuera del país. Esta élite habilitó las formas legales, políticas y represivas para mantenerse en el poder a toda costa, mientras su oposición política, vinculada a la derecha internacional, siguió rogando una intervención extranjera para tomarse el poder.

En los últimos meses del 2025, con el asesinato extrajudicial de cientos de personas en aguas internacionales, acusadas como narcotraficantes de una red liderada por Nicolás Maduro, un presidente con orden de captura, la narrativa que justificaría una intervención militar en territorio venezolano estaba ya instalada en el imaginario internacional. El imperialista norteamericano movió sus fichas para “recuperar” su área de influencia, declaró un Estado fallido en Venezuela, agudizó las sanciones económicas, inició la operación “Safeguard” para deportar masivamente a venezolanos desde los Estados Unidos a cárceles de extrema seguridad en El Salvador, desplegó sus buques de guerra, portaaviones, bombarderos y más de 15.000 soldados frente a la costa venezolana. La guerra estaba declarada.[2]

Finalmente, la noche del 03 de enero las amenazas se concretaron, aviones del ejército estadounidense bombardearon la ciudad de Caracas, secuestraron al presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, asesinando a otras de cien personas entre militares y civiles venezolanos y cubanos. La confusión y el schock de los siguientes días son difíciles de narrar, algunos pocos celebraron la llegada de “el salvador blanco” con la ilusión de recibir las sobras del águila calva, otros muchos solo podían sentir el terror y el repetido sonido de los aviones sobrevolando un cielo, hasta ese momento, soberano.

Con un presidente secuestrado en una cárcel de Nueva York, la silla presidencial fue ocupada por la vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien en primer momento llamó a la calma, prometió que todo estaba “bajo control” y repudió (solo las siguientes horas del bombardeo) la intervención militar yanqui en el país. Al pasar de los días, el discurso de denuncia cambió radicalmente a uno de conciliación, y de repente los invasores se volvieron aliados que ayudarían a “levantar la economía” y “unir” a un pueblo dividido. La agenda de la entrega parecía estar preparada previamente, todo avanzó sin obstáculos evidentes, y fueron aprobados cambios de leyes fundamentales, por una nueva asamblea nacional presidida por Jorge Rodríguez, hermano de la presidenta encargada.

Los representantes del gobierno estadounidense y de las empresas trasnacionales petroleras como Chevrón, fueron recibidos como invitados de honor en el Palacio de Miraflores. El saqueo del petróleo y el gas venezolano estaba oficializado. Los controles y acuerdos que garantizaban el uso soberano de los recursos naturales fueron borrados de un plumazo. Varios ministros del chavismo fueron cambiados por miembros de partidos políticos de oposición. Se impuso rápidamente una estética lavada en tonos azules que eliminó el rojo característico del chavismo y pronto cesaron los reclamos por la liberación de Nicolás Maduro y su esposa. Sobresalen así dos lecturas posibles, la de un gobierno que toma decisiones con “una pistola en la cabeza” o la de una conspiración interna que entregó a Nicolás Maduro para mantenerse en el poder y facilitar todos los deseos de la Casa Blanca.

La Ley de Hidrocarburos, aprobada en el 2001 durante el gobierno de Chávez, fue cambiada radicalmente solo 26 días después de la intervención militar. Con este cambio se firmó la ruptura definitiva con la política estatista de redistribución de la renta petrolera, bastión fundamental de la propuesta política bolivariana. El gobierno de Trump ganó así todas las fichas apostadas, quitar al principal obstáculo con poca inversión militar, dejar un gobierno tutelado que garantice el freno de un estallido social, la explotación ilimitada de las reservas de petróleo más grandes del planeta para las siguientes décadas, desplazar a China de su influencia en el continente, continuar su expansión imperial.

Para entender lo que implica el cambio de esta ley y los antecedentes de apertura y privatización de la producción petrolera, recomiendo el análisis de Emiliano Teran Mantovani.[3] Podríamos resumirlo en: la eliminación de la exclusividad estatal en las actividades de explotación petrolera, permitiendo así que el sector privado participe como actor, junto al estado y las empresas mixtas. La posibilidad de otorgar todos los derechos de explotación y del área operacional a las empresas privadas y que estas puedan ser retribuidas con un porcentaje o todo el petróleo fiscalizado, y que además pueda ser comercializado directamente por la misma. Es decir, la carta blanca, no solo para explotar exclusivamente los yacimientos de hidrocarburos sino de venderlos en las condiciones que determinen las empresas privadas, sin control estatal; lo que se traduce de facto en un desmantelamiento de la empresa nacional de petróleo, una liberación del mercado, una menor inversión social; y para el pueblo venezolano: más hambre y miseria.

Con estos elementos, pensar en el futuro es difícil, no sabemos si los marines que entraron los días siguientes al terremoto, esta vez para unirse a los equipos de rescates de 31 países, tienen otra misión en nuestra dolida tierra. Las declaraciones de Trump de los últimos días dan señales claras de un escenario ideal para justificar una toma total del país, una anexión política. La narrativa de una Venezuela que se recupera económicamente y de una mejora en la calidad de vida de los venezolanos es una mentira insultante que cualquier trabajador puede desmentir con su salario de dos dólares mensuales.

Sin embargo, la esperanza, esa fuerza que nos levanta una y otra vez de los peores dolores, es la que hoy ocupa la calle para organizar la vida que nos queda y también la dignidad de quienes perdimos. Cada venezolano que hoy levanta escombros en búsqueda de la vida, está así trazando un porvenir posible, el de un pueblo autoorganizado y conmovido, capaz de entregarlo todo por el otro. La solidaridad internacional debe seguir abrazando al pueblo venezolano para los tiempos que vendrán[4], luego habrá más capacidades para analizar las posibles salidas de este capítulo oscuro de nuestra historia. Ahora nos queda reconstruir los pedazos de un país y de un pueblo entero.

Este texto se publicó por primera vez en alemán, en una versión editada, en la sección Lateinamerika-Beilage de la edición del 15 de julio de 2026 del periódico Junge Welt


[1] Escala de Magnitud de Momento (Mw): Proporciona una medida más precisa de la energía total liberada por un sismo. Se basa en el área de la falla que se ha desplazado, el deslizamiento promedio y la rigidez de las rocas involucradas.

[2] https://bloquelatinoamericanoberlin.org/2025/11/29/ante-la-amenaza-imperial-unidad-y-lucha-nuestramericana-que-se-alce-el-gran-caribe/

[3] https://ecopoliticavenezuela.org/analisis-integrado-de-la-reforma-a-la-ley-de-hidrocarburos-en-venezuelatendencias-significados-e-implicaciones/

[4] https://bloquelatinoamericanoberlin.org/2026/07/02/venezuela-solidaridad-desde-abajo-frente-a-latragedia-humanitaria/

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