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el imperialismo y la pelota. reflexiones sobre futbol y política

Empecemos por el principio. Celebro que millones de personas estén hablando de fútbol, que se pregunten por los vínculos del deporte más hermoso del mundo con la política, y en especial con la geopolítica, y que algunes incluso lleguen a interesarse por el deporte en sí mismo. Esa es la razón por la cual, a pesar de todas las críticas que tengo y tenemos cientos de miles de militantes de izquierda frente a la obscenidad fetichista de la FIFA y la copa del mundo, no puede dejar de llamarnos la atención este evento único a escala planetaria. No hay ningún otro evento o situación que haga que la mayoría de la población del mundo esté hablando de un mismo tema al mismo tiempo. Para les que nos interesa la política por ser el medio para cambiar y organizar el mundo, este es un momento clave en términos simbólicos y políticos, por lo que debemos intentar analizarlo entendiendo que es un terreno de disputa.

Es importante separar la paja del trigo

Para opinar sobre qué pasó en el partido final y en general en todo este mundial, mínimamente debemos informarnos y conocer, por lo menos, cómo funciona el deporte que estamos mirando y, en especial, cómo lo hace la institución que lo regula: la FIFA. Si a esto le sumamos un poco de conocimiento de historia y de historia del deporte, les aseguro que el análisis será mucho más rico. Incluso podemos llegar a entender por qué un mercenario como Toni Kross[1], sale a decir “ganó el fútbol” festejando la victoria de España, cuando él mismo salió campeón gracias a que le robaron el partido a Argentina en la final del 2014. O nos haría ruido que los ingleses digan que Argentina jugaba de manera sucia cuando su única copa del mundo fue conseguida con un gol que jamás entró al arco en la final de 1966. Y hasta podríamos llegar a detectar las razones por las cuales España jugó un mejor fútbol que Argentina y por qué el segundo llegó a la final solo con la voluntad de no aceptar la derrota como una realidad objetiva.

Empecemos por el o, mejor dicho, la final diciendo las cosas que hay que decir desde el análisis futbolístico. España salió campeón porque jugó mejor el partido decisivo y porque hizo un gran mundial, derrotando a Francia de manera categórica en el camino. Sin embargo, no pasó por arriba a sus rivales, como la Francia del 2018 o la Argentina del 2022. En la gran mayoría de los minutos jugados, jugó un fútbol intrascendente, pero superó a sus rivales (con la excepción de Cabo Verde) sin despeinarse y fue más o menos paseando hasta la final.

Hubo también situaciones polémicas en su camino a la coronación: la mano en el área de Rodri contra Bélgica no sancionada o la clara falta a Messi en la final justo antes del gol de España. Sin embargo, eso no le quita mérito al campeón del mundo. Saquemos eso del medio.

Por su parte, Argentina llegó a la final jugando un futbol mediocre, enfrentando y superando con lo justo a contrincantes de bastante menor nivel. Con la mayoría de sus figuras lesionadas. Con excepción de los partidos contra Argelia y Jordania, le tocó pelear cada partido, cada minuto, ganando la mayoría de los partidos en los minutos finales. La única excepción a esto fue el partido contra su clásico rival: Inglaterra. Y si bien es cierto que el único clásico en términos futbolísticos de Argentina es Brasil, el país de Thatcher y la “guerra del Opio” representa algo mucho más profundo, histórico, político que ordena las pasiones y moviliza cosas en el país que ningún otro evento activa.

Con todes les argentines que hablé antes, durante y luego del partido contra Inglaterra me manifestaron que el nivel de nerviosismo que sentían no lo habían vivido jamas por un partido de fútbol. Todos los otros partidos eran secundarios. Y la selección entendió que así era la cosa; luchó, jugó y metió hasta que ganó el partido luego de haber estado perdiendo hasta el minuto 85. Difícilmente se pueda pensar en algo más épico que eso.

Ya con eso, debería alcanzar para que la gente se solidarice con el equipo que más tuvo que luchar para llegar hasta la final, el equipo del país pobre, el equipo de Messi. En general, es lo que nos pasa, nos solidarizamos con el equipo que tiene las de perder, al cual solo le queda hacer algo épico para alzarse con la victoria. De eso se trata el fútbol ¿no?

Nunca “es sólo un partido de fútbol”

Pero sumemos más condimentos. Luego de ganar el partido contra Inglaterra, un fan de la argentina se robó una sábana del hotel, le pintó en letras negras “Las Malvinas son argentinas”, la escondió de la seguridad y llegado el momento la tiró al campo de juego. Allí la tomaron Lo Celso y Licha Martínez. El resto es conocido por todes.

Así este reclamo histórico de una lucha anti-colonial se metió por la ventana a pesar de las amenazas del gobierno argentino, de la FIFA y del gobierno yanqui. Ninguno de ellos quería que se hablara de ese tema justo días antes de que se firmaran los acuerdos petroleros ilegales en el mar argentino en las costas de las Islas Malvinas que beneficiaran a empresas inglesas e israelíes.

Los jugadores y los hinchas argentinos lograron que se volviera a hablar de un tema que quería ser escondido por las derechas en todo el mundo. Con este acto simbólico pusieron en agenda un tema que molesta y que complica los planes de Milei. Y mucho.

No es casual que a partir de allí comenzó una campaña organizada de odio y de ataque hacia la selección argentina, hacia el país y hacia les argentines calificándonos de mafiosos, racistas, sucios y ventajeros. Casualmente cuando un partido de fútbol, no solo rompe con la final soñada por muchos, sino que también pone sobre la mesa un reclamo histórico de un país del sur global contra una potencia del centro comienza una campaña para hacer quedar al primero como el victimario y al país imperialista como la víctima. Hasta ahí no sería nada raro si proviniera de la derecha, ya que desde que Trump irrumpió en la política global es moneda corriente estas campañas en donde el victimario queda como la víctima, siendo Israel el principal ejemplo de nuestro tiempo.

A la derecha la mueve el odio, ¿y al resto?

Lo grave de la situación actual es que mucho de esta reedición de síndrome de Estocolmo proviene del progresismo o se ampara en supuestos argumentos de multiculturalismo, diversidad y antiimperialismo.

Que el progresismo está en bancarrota política no es ninguna novedad. Sin embargo, este salto a la pileta del absolutismo y el imperialismo es novedoso. Sumada a su ya conocida incapacidad a escala global para enfrentar al poder y cambiar la realidad de las mayorías, ahora se le suma el enorgullecerse de la victoria de un equipo como la selección de fútbol de España. Una selección que tiene jugadores que han salido a declarar en favor de la “hispanidad”, que festejaron abrazados al Rey, que se pusieron la gorra con el slogan “Make Spain great again”, jugando para aumentar la visibilidad del movimiento MAGA a escala global y que además representan a una de las ligas de fútbol más mercantilizadas y más alejadas del pueblo.

Yo no creo que haya que defender o siquiera equiparar a las selecciones o a sus jugadores por sus gobiernos o por sus sistemas de gobierno, el fútbol es suficientemente grande como para no necesitar de argumentos por fuera del deporte mismo para justificar nuestros favoritismos, pero decir que la selección de un país colonial y monárquico representa una postura más de izquierda o más humanista que la de un país pobre del sur global ex colonia solo porque Yamal llevo la bandera de Palestina resulta difícil de tolerar sin explotar en una carcajada.

Al mismo tiempo, representantes importantes del progresismo global como Yanis Varoufakis hablan sobre la selección de España como el triunfo del “multiculturalismo” y la victoria del fútbol sobre el negocio. Se ve que no conocen mucho de fútbol y de cómo funciona el negocio. Seguro no conocen cómo funciona la Liga Española, quién es Florentino Pérez y cómo funciona el mercado en donde solo dos o tres equipos homogenizan las contrataciones, las copas y el aporte a la selección nacional. Es muy probable que ignore que la mayoría de los jugadores de la selección española jueguen en equipos que son propiedad de grupos accionistas, muchos de ellos propiedad de magnates petroleros o jeques árabes. Seguro no sabe los orígenes y la historia de Yamal, que juega para España, o de Mbappe, que lo hace para Francia o de Hakimi, que juega para Marruecos, y de cómo los mismos fanáticos de la roja les gritan insultos racistas y que se “vuelvan a sus países” todos los domingos en las canchas españolas. O que en Alemania luego de la derrota ante Paraguay, se comenzara a popularizar la idea de que habían perdido porque la selección tenía todos jugadores migrantes o con historia de migración.

Interesante, aunque no sorprendente, cómo estas figuras del progresismo se ponen del lado de los grandes ganadores del fútbol y la economía mundial al mismo tiempo que gritan en contra del genocidio en Palestina o en favor de los derechos de les migrantes.

“Un pibe más en el club, un chico menos en la calle”: la disputa por el dominio del fútbol

Lo que sí o sí estos personajes no conocen es el origen de los jugadores de la selección argentina. Piensan que por no ser negros (o lo que ellos entienden por negros), entonces seguro son de clase media o incluso de clase alta. Como siempre sucede con las mentalidades totalmente tomadas por el racismo, equiparan color de piel con clase social.

Casi todos los jugadores de esta selección, con las excepciones de Mac Allister, Paz y Simeone hijos de jugadores profesionales de fútbol, vienen de clubes de barrio y en su mayoría en condiciones muy humildes y con profundas carencias. Vienen de esos barrios marrones, sin cloacas, con muchos policías y muchos narcos; con muchos laburantes y con muchas madres que salen a conseguir lo que pueden para darle de comer a sus pibes y a los de la cuadra. Solo hace falta ver o escuchar entrevistas de ellos mismos hablando de sus orígenes para entender lo que tuvieron que luchar para estar jugando una final del mundo. Solo hace falta conocer un poco la realidad argentina para entender por qué estos pibes se tiran de cabeza para evitar que el rival haga un gol.

Me quiero detener en este punto, la diferencia entre el fútbol español, que los progres del mundo defienden, lo sepan o no, y el fútbol argentino. La Liga Española es el resultado de la privatización total de un deporte profundamente popular, en donde las sociedades anónimas deportivas (SAD) hegemonizan las grandes decisiones del fútbol ibérico. Tan es así, que solo 4 equipos mantienen su estructura de clubes deportivos, es cierto entre ellos el Real Madrid y el Barcelona. Pero justamente allí se esconde lo trágico del futbol español. Desde los años 80, que los pequeños clubes de barrio o locales deben privatizarse en pos de competir con los dos grandes monstruos de la liga. Los cuales solo han visto crecer su poder y su dominio futbolístico gracias a este sistema de negocios en donde todos terminan aportando jugadores y recursos para ellos. Cosas similares suceden en Inglaterra o en Francia.

Sin embargo, el fútbol en Argentina es diferente. Todos los equipos de la liga profesional de Fútbol son clubes deportivos en donde los dueños son sus asociados y donde el objetivo de estos es respetar los objetivos que estos mismos se impongan. Las necesidades del capital ocupan un lugar secundario. Muchos clubes tienen comedores, jardines de infante, escuelas y un sinfín de organización comunitaria que ayuda en diferentes instancias a las comunidades donde están radicadas estos clubes. Cualquier persona que haya vivido en la Argentina, tiene alguna anécdota vinculada a como los clubes de fútbol intervienen en la vida social y comunitaria de la sociedad.

Así no es casualidad que desde el año 2015, con la llegada al poder de Mauricio Macri, amigo íntimo de Florentino Pérez, comenzara una ofensiva por la privatización de los clubes en el país. Ante su fracaso, Milei intentó continuar con su misión apenas llegado a la presidencia. Sabiendo de la resistencia de los socios y los clubes a convertirse en sociedades anónimas, eligió el camino de la persecución judicial y las amenazas a directivos y personajes públicos que defendieran el modelo actual. ¿Esto implica que en el sistema actual no haya corrupción, negociados o arreglos espurios? Claro que los hay, pero también los hay en el sistema con sociedades anónimas. Con la diferencia en que el segundo modelo las personas, les socies, no tienen ni voz ni voto, son solo espectadores. Y de eso se trata esta discusión, de si queremos un fútbol donde la gente se limite a comprar camisetas e ir a los estadios o por el contrario queremos un fútbol donde las personas sean dueñas de sus instituciones, sean artífices de sus destinos y sean parte activa de cada pase que se da en la cancha. Por eso, a diferencia de lo que piensa el progresismo, la victoria de España es la victoria de la privatización del fútbol y de los negocios por sobre la cultura popular de este deporte.

No debemos olvidar que este modelo es el que viene promoviendo la FIFA desde que comenzó su proyecto de llevar al fútbol a lugares donde antes no se jugaba a ese deporte. Si vemos un poquito de historia de la FIFA, organización que tiene representación en más países que la ONU, resulta clara la disputa entre un centro global que quiere los negocios para sí y una periferia que intenta meterse en la mesa de los grandes.

Entre 1990 y 2006 las sedes de los mundiales fueron Italia, EEUU, Francia, Corea-Japón y Alemania. Una combinación entre países de larga tradición futbolera y países en donde el negocio del fútbol aún no había conquistado el centro del deporte. Sin embargo, tenían en común ser todos países del centro global. Entre el año 2010 y el 2022 las sedes del mundial fueron Sudáfrica, Brasil, Rusia y Qatar. Algunos de estos países con larga tradición en el mundo del fútbol, otros no, pero todos países del G20, con excepción de Qatar.

Esta decisión de la FIFA y su presidente de la época, Blatter, de priorizar países de la periferia, le costó la enemistad de los empresarios y funcionarios yanquis, disparando el FIFAgate. En donde una investigación del FBI descubrió los sobornos pagados para obtener las sedes de los mundiales en Rusia y Qatar. Con la actual presidencia de Infantino nada de esto se solucionó, el único cambio fue darle la sede del mundial y un par de Copas América a EEUU. Y listo. Todos contentos. Este es el contexto en el que estos mundiales son organizados, este es el contexto de las selecciones nacionales y esta es la mafia, que en su momento Diego Maradona denunció cuando nadie lo hacía, que dirime los destinos del fútbol mundial. Obvio que Argentina es parte de esa trama de corrupción, pero también es parte de una disputa Norte-Sur que se da dentro de la FIFA y en donde pararse del lado de España o Francia es pararse del lado de los poderosos y de los sectores que quieren mantener sus negocios intactos.

La FIFA privilegia sus negocios globales por encima de todo. Es irrelevante si gana España o Argentina, Francia o Inglaterra lo importante es que los acuerdos comerciales y las ganancias comprometidas no se vean perjudicadas. Por eso tomar posición por un equipo de esos pensando que por su juego representa la ética progresista es no entender cómo funcionan los intereses en el fútbol.

Soccer vs Fulbo

Pero volvamos un minuto al tema de la clase y la división global de la riqueza. De la mano de este regalito de la FIFA a EEUU, se le dio luz verde para consolidar al evento principal del fútbol mundial como una fiesta para muy pocos. No solo por la política xenófoba y racista del gobierno del presidente naranja, sino principalmente por los costos de la fiesta. Este mundial fue el más caro de la historia, en términos de la infraestructura y principalmente en términos de lo que costaba para los espectadores estar presentes en un estadio (entrada, alojamiento, comida, etc.). Una entrada normal podía costar hasta 7000 dólares, mientras que en el anterior mundial Qatar 2022 la entrada más cara (la final) costaba 1.600 dólares. Así es, casi 7 veces más costaba mirar un partido de fútbol en este mundial.

Para sorpresa de nadie esto generó que las tribunas se llenen de estrellas del espectáculo y el deporte, pero principalmente que se llenen de los sectores más ricos de la sociedad sin distinguir países o continentes de origen. Les españoles que estaban viendo la final eran todos pijos y ni que hablar de les argentines. Este es el punto principal, si para asistir al mundial había que tener mucho dinero siendo noruego o español, ni les cuento siendo argentino o paraguayo. Tribunas llenas de clases altas redundan en imágenes detestables, como la de la bandera de Israel o una blanquitud que no es propia de una nación entera. La división de clase es lo que se veía en las tribunas, no la identidad de un pueblo.

En el caso de Argentina la mayoría de las personas que estaban en los estadios eran personas que vivían en EEUU y especialmente que vivían en Miami, y ya sabemos que representa la sociedad argentina que allí vive. Por lo tanto, plantear que eso es una buena representación de un país o de una cultura no es solo un error histórico o pura ignorancia, sino principalmente una forma de justificar una toma de postura en favor de los sectores de élite del mundo y del país. Argumentar a partir de esta foto del fútbol estilo yanqui es borrar toda la historia popular y plebeya que tiene este deporte. Y a su vez planteando, que eso que se veía en las tribunas “debe ser la Argentina” refuerza el argumento de las clases dominantes de aquí y de allá, de que en este país no existen comunidades que no sean blancas y europeas. Pero también se refuerza la idea de que como eso somos, entonces está bien que Inglaterra se robe las Malvinas o los yanquis nos compren la mitad de la Patagonia. Un país estructuralmente supremacista merece que los exploten, que lo vendan por partes y que su pueblo sea castigado por ser como son.

Esto me lleva a plantear un tema que ya se ha discutido mucho, el tema del racismo en un país como Argentina. Empiezo por el final, obvio que en el país de Maradona y Messi, existe el racismo. Principalmente porque es parte estructural del sistema de dominación. Existe en Argentina, como existe en Ecuador o en Rumanía. Pero decir que Argentina es más racista que Brasil o EEUU solo porque vieron espectadores muy blancos y ricos en las tribunas, o porque interpretan a los jugadores de la selección como “blancos”, habla de la ignorancia y de la malicia, no de un hecho real. Hay miles de textos, videos y entrevistas que hablan sobre las diferencias, similitudes y especificidades de Argentina en relación a su lucha contra el racismo. Quienes realmente tengan interés por esta problemática llegarán a dichos materiales sin ser filtrados por la campaña de odio en Tik Tok.

“El pueblo pide pan y circo”

Un argumento peculiar que también me llamó la atención es la idea de que la victoria futbolística se traduce en apoyo político a las fuerzas que gobiernan en los países triunfadores. Este argumento, muy difundido entre la izquierda europea, tiene su origen en la manipulación del deporte, en especial del fútbol, que llevaron adelante los fascismos europeos en la primera mitad del siglo XX. Conocida es la historia de las amenazas de Mussolini a los futbolistas que estaban disputando la copa del Mundo del año 1934 en Italia.

Sin embargo, se ancla en algunas ideas o concepciones erradas sobre el comportamiento popular.

Primero, la evidencia empírica no respalda la idea de que ganar el mundial asegure nada. En el caso puntual Argentino, los tres mundiales ganados llevaron a la derrota de los gobiernos que los disfrutaron: en el 78, el mundial implicó la llegada de periodistas y medios internacionales que llevaron adelante las primeras entrevistas a las Madres de Plaza de Mayo, rompiendo el cerco mediático que los militares habían impuesto; en 1986, Maradona trae la copa del mundo a Argentina pero el gobierno radical de Alfonsín debe entregar el poder 6 meses antes debido a la crisis económica y social; finalmente el 2022 Messi sale campeón del mundo pero el gobierno de Fernández pierde las elecciones con un ignoto Milei. Con esto no quiero decir que no cumpla un rol, sino que no es el determinante.

Segundo, el argumento solo funciona para los países del sur global. Se habla de Argentina, se habla de Brasil pero nunca se analiza si la organización del mundial en Alemania 2006 permitió que la Agenda 2010, una serie de reformas regresivas y de perdida masiva de derechos laborales, se impusiera sin grandes conflictos. O si la victoria de esa misma selección en 2014 ayudó a consolidar el gobierno de Angela Merkel. Habitualmente estos argumentos esconden la idea de que los pueblos del Sur global son más sensibles o susceptibles a las pasiones que los del Norte. No hace falta que explique el racismo de esa idea.

Tercero, y el más importante, este argumento se basa en la idea de la presunta idiotez del pueblo y en la peligrosidad de las pasiones populares. Entiende que la alegría popular, pasión potente si las hay, esconde el peligro de la nubosidad conceptual y la nulidad de la racionalidad. En otras palabras, que los integrantes de los sectores populares, no pueden diferenciar entre el éxtasis que les genera la victoria de su equipo y la tristeza que les genera no poder pagar el alquiler. Si viene la copa, entonces Milei es un gran presidente. A su vez, implica que estas pasiones esconden un peligro para la democracia y la institucionalidad, ya que si estas personas están nubladas por la victoria pueden llegar a ser la base inconsciente de procesos totalitarios. En resumen, lo que este argumento esconde es la desconfianza hacia al pueblo, por cargar siempre con la sospecha de ser irracional y manipulable, y la defensa de la racionalidad pura como instrumento central de la vida en democracia. 

Difícilmente se pueda ser de izquierda teniéndole miedo al pueblo y a sus expresiones masivas, tumultuosas y contradictorias. Difícilmente se pueda estar a favor de la democracia felicitando a un Rey. Y sobre todo pensando que la algarabía de un pueblo es peligrosa, cuando la mayoría de los procesos totalitarios o absolutistas fueron el producto del miedo y la tristeza popular, no de la alegría.

Como conclusión puedo entender que el mundo odie a Trump, que odie a Israel y que odie a Milei, hasta puedo entender que odien a Messi por ser el producto de un laboratorio deportivo, pero difícilmente pueda desde allí festejar al lado de la monarquía o de los poderosos del mundo en nombre del multiculturalismo o de la integración virtuosa. La crítica política desde una perspectiva de izquierda tiene que estar basada principalmente en entender la lucha de los pueblos contra sus opresores. Para eso es fundamental entender dónde está el pueblo y dónde están los opresores. 

Y como no me olvido de que pueblo vengo, estas líneas se las dedico a mi padre, que me enseñó que siempre uno tiene que intentar mirar a través de la neblina que nos venden para no chocar de frente contra la realidad y terminar defendiendo a los poderosos. Me enseñó a no creerme la honestidad de la FIFA, ni tampoco en caer en la simpleza de los análisis de las personas que empezaron a mirar fútbol hace un mes y sacan sus conclusiones “progres” de informes hechos con IA. Pero sobre todo me enseñó a saber de qué lado de la lucha de clases uno debe estar.

Cuando uno ve los sacrificios, las renuncias y el llanto de personas normales en el día a día se da cuenta quiénes son nuestros aliados, y como dijo García Linera algunos días antes de la final del mundo: los héroes plebeyos se hacen frente a la adversidad. En esta ensalada solo hubo un grupo, que confrontados a más de una derrota casi inexorable, se rebeló ante ese destino escrito y dieron batalla hasta el final. Ustedes deciden con quien se quedan. 


[1] Jugador de la selección alemana y del Real Madrid. Campeón del mundo con su selección en el Mundial de Brasil 2014.

3 respuestas a «el imperialismo y la pelota. reflexiones sobre futbol y política»

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