
Hoy, la violencia contra la comunidad cuir, en especial contra personas trans y racializadas, se intensifica. En tiempos de crisis y avance del fascismo, nuestros cuerpos siguen siendo un campo de batalla. Esto no es algo aislado: es una tendencia global. Se ve con fuerza donde la extrema derecha gobierna, como en Argentina, Ecuador o Hungría, pero también en países con gobiernos más “progresistas” como Brasil, Colombia o México, donde los derechos siguen sin estar garantizados.
En Argentina, país que fue pionero en el continente en políticas como el reconocimiento de la identidad de género en documentos oficiales, el gobierno de Milei ha convertido el retroceso en política de Estado. Ejemplos como la disolución del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad y la difusión de desinformación que falsamente asocia a la comunidad cuir con delitos sexuales12, demuestra que el proyecto es claro: borrar y criminalizar lo que queda de nuestras existencias.
Mientras que en Ecuador, la política de “mano dura” de Noboa afecta con intensidad a las personas cuir, de forma especialmente grave a mujeres trans que sufren criminalización, agresiones e incluso torturas denunciadas dentro del sistema penitenciario3.
En los países gobernados por administraciones consideradas progresistas, como Brasil, México y Colombia, las violencias estructurales contra personas disidentes persisten. Que existan leyes o discursos inclusivos no ha detenido el avance del autoritarismo, ni la violencia estructural que sigue dirigiéndose contra nuestros cuerpos. A pesar de tener leyes en papel que prometen protección, los datos, así como la misma experiencia encarnada de individuos y colectivos cuir, evidencian una realidad de impunidad, discriminación y muerte.
Brasil sigue liderando las estadísticas mundiales de asesinatos de personas trans. Mientras que en México, el 2024 fue el año más violento para la comunidad cuir, y en Colombia se registró en 2024 la cifra más alta de toda Hispanoamérica en asesinatos de personas cuir4.
En Berlín, nuestra casa actual y donde se supone la socialdemocracia nos ofrece más protección, las violencias contra las disidencias son cada vez más visibles. Recientemente ha habido una serie de ataques a lugares seguros para la comunidad cuir. Y solo en 2023, según el LSBTI Monitoring de Berlín, en el mismo año se reportaron 456 incidentes violentos contra personas LGBTIQIA+, incluyendo ataques físicos, amenazas, y agresiones verbales —un aumento del 35% respecto al año anterior. Durante las movilizaciones cuir por Palestina en los últimos años, manifestantes y activistas queer han sido reprimides con brutalidad policial, y mientras tanto, se consolidan discursos estatales como el de Merz que niegan cualquier visibilidad institucional de nuestras identidades. En efecto el reciente discurso de Merz, donde declaró que el Bundestag “no es un circo” para justificar la prohibición de mostrar la bandera arcoíris en edificios oficiales, es un reflejo de esta misma tendencia de normalización represiva. Esta narrativa busca invisibilizar nuestras existencias y cuerpos, consolidando un orden cisheteronormativo en nombre de la “neutralidad institucional”. Esto evidencia cómo incluso en ciudades “seguras”, el aparato estatal responde con violencia cuando se desafía el orden hegemónico.
La violencia contra los cuerpos disidentes no es un fallo accidental del sistema, sino parte integral de su funcionamiento, de su engranaje. Bajo el capitalismo patriarcal, se impone una división estricta de roles —la familia nuclear, la reproducción de la fuerza de trabajo y su relación com la preservación de la propiedad privada y la acumulación— que define quiénes son útiles y quiénes son prescindibles. El incumplimiento de esta norma, por parte de personas trans, no binarias o racializadas, se ve como una amenaza al orden establecido. Lo queer, al subvertir estas normas, se convierte en un objetivo; su erradicación resuena con los intereses del capital, que necesita cuerpos regulados, afectos normalizados y sujetos funcionales a su lógica de acumulación.
Este régimen no solo margina y criminaliza la transgresión, sino que también la reduce a espectáculo para legitimar el orden cisheteropatriarcal. La gestión de nuestras identidades como mercancía —ya sea desde la estética, la sexualidad o el consumo cultural— produce un simulacro de inclusión que no desestabiliza las jerarquías existentes, sino que las reafirma. La estética disidente es apropiada, vaciada de contenido político y reinsertada como parte del espectáculo neoliberal, donde lo queer es permitido solo en tanto no incomode al orden social. En este marco, las existencias cuir son instrumentalizadas tanto para reforzar los privilegios de las clases dominantes como para canalizar las ansiedades sociales hacia chivos expiatorios funcionales a proyectos autoritarios. Esto se ve con claridad en cómo el capital abandona el Pride cuando deja de ser rentable. En Berlín, los grandes sponsors han empezado a retirarse: su apoyo no fue nunca una cuestión de convicción, sino de ganancia.
Esta dinámica no es local ni episódica: forma parte de una estrategia global que consolida un modelo de gobernabilidad autoritaria. Investigadores han identificado estas violencias como expresiones de necropolítica: sistemas donde se decide quién puede vivir y quién debe morir, o al menos, ser expulsado del derecho a tener derechos. Las muertes y agresiones hacia cuerpxs queer, especialmente trans y racializades, no son efectos colaterales sino el resultado de decisiones políticas conscientes, insertas en un proyecto de acumulación por despojo, control social y represión. Así, la represión queer no sólo mantiene un orden moral binario, sino que sirve a un sistema económico y político que extrae, excluye y elimina.
Desde ahí se explica que seamos constantemente señalades, perseguides o reducides a amenaza. A veces somos nosotres, personas cuir; otras veces, comunidades racializadas, periféricas o migrantes, convertidas en chivos expiatorios funcionales a un sistema en colapso. Pero el objetivo estructural es el mismo: perpetuar las dinámicas neoliberales, que necesitan atacarnos en múltiples frentes, fragmentarnos, mantenernos ocupades, dividides y distraídes de las verdaderas causas de nuestros problemas y de las posibilidades reales de liberación. Somos explotades de formas distintas, pero por el mismo sistema, por las mismas élites, por los mismos intereses. Y por eso nuestras luchas no pueden caminar solas. ¡Debemos encontrarnos, aliarnos, organizarnos!
Lo cuir no es solo disidencia sexual: también es una fuerza aglutinadora de luchas populares. Lo vimos en Argentina, donde tras el discurso de Milei en el Foro de Davos, cargado de odio contra movimientos sociales, feminismos y disidencias, fue la comunidad LGBTIQIA+ quien convocó y articuló una de las movilizaciones más masivas del último tiempo. Más de dos millones de personas, incluyendo sindicatos, organizaciones feministas, pueblos originarios y juventudes precarizadas, salieron a las calles. No fue una marcha solo por “identidad”: fue una demostración de que lo cuir es también clase, rabia y organización. Lo mismo ocurrió en Hungría, donde a pesar de la prohibición del Pride y un régimen ultraconservador que gobierna desde hace más de una década, más de 100 000 personas desbordaron las calles de Budapest5. Dijeron basta. Se negaron a seguir aceptando que migrantes y personas cuir fueran usados como chivos expiatorios del colapso económico y social.
Frente al avance de las derechas y el intento de vaciar nuestras luchas, marchar en el Internationalist Queer Pride no es solo celebrar: es tomar las calles para decir que no estamos conformes con las contradicciones de este sistema y que decimos basta. En ese sentido, nos posicionamos contra los discursos individualizantes, que se aprovechan de la intrumentalización de las identidades y que buscan atomizar las luchas. Nos posicionamos contra la comercialización de nuestras identidades al servicio del lucro de quienes sólo nos “apoyan” cuando es rentable. No nos dejamos engañar por productos con los colores del arcoíris que nos intentan vender como si fuesen equivalentes a derechos. Mantenemos la memoria viva sobre las luchas y contribuciones históricas de quienes vinieron antes [lee aquí nuestra nota Un orgullo migrante, anti-imperialista y con memoria].
Nuestros derechos, hoy fuertemente contestados, fueron conquistados mediante la lucha en colectivo. Una lucha que debe mantenerse así, porque si no es colectiva, no libera; y si oprime a otres, tampoco.
Desde nuestra solidaridad internacionalista, rechazamos por completo la cooptación e instrumentalización de nuestras identidades y existencias para justificar el imperialismo y violencia colonial. Específicamente, rechazamos la presentación de Israel como bastión del progresismo y de los derechos de las disidencias en Medio Oriente, así como el uso de esa narrativa nacionalista-pink para justificar lo injustificable: el genocidio contra el pueblo palestino. No hay Orgullo en la ocupación israelí, y no hay Orgullo en un genocidio.
Nos oponemos además a las narrativas occidentales que pretenden justificar los ataques israelíes a Irán con el pretexto de “liberar” a las mujeres iraníes de sus opresiones. Exigimos el fin de la exportación de armas desde Alemania hacia Israel, y llamamos a romper las relaciones diplomáticas con el gobierno israelí, tanto por parte de Alemania como por parte de nuestros países de origen en América Latina. No más armas, ni más muros, ni más guerras en nuestro nombre.
Como organización migrante, no podemos dejar de trazar paralelos entre la intensificación de los ataques institucionales, físicos y simbólicos contra personas queer hoy en día, y la exacerbación del racismo y la xenofobia, que también se refleja en leyes en todo el mundo.
Las potencias imperialistas no sólo siguen causando, incentivando y lucrando con guerras y empresas coloniales: también utilizan el nacionalismo pink para justificar sus intervenciones armadas, pretendiendo que las disidencias sexuales son “rescatadas” a través de bombardeos. Mientras tanto, sus propias políticas migratorias están diseñadas para impedir que las personas afectadas por estos conflictos puedan migrar y reconstruir sus vidas. Las potencias imperialistas siguen generando guerras, explotando recursos, desestabilizando regiones enteras. Y al mismo tiempo, cierran fronteras, militarizan Europa, endurecen leyes migratorias. Usan el racismo y la xenofobia para gobernar con miedo. Y también usan el pinkwashing para justificarlo.

Decimos un claro “no” a todo esto.
NO al pinkwashing.
NO a las guerras que se disfrazan de “liberación”.
NO a la fascistización como respuesta a la crisis del sistema capitalista.
NO a la instrumentalización de nuestras existencias para sostener este sistema. Nuestres cuerpes no son herramientas de producción o desecho.
No somos víctimas pasivas. No somos mercancías. Nuestres cuerpes no son vergüenza. Nuestres cuerpes no son propaganda.
Somos territorios de resistencia y donde la posibilidad de lo imaginario se hace realidad. Desde ahí luchamos por la liberación colectiva. Desde ahí construimos poder popular.
Ni clósets ni tanques. ¡Resistencia disidente, y existencia colectiva!
- Todas las desinformaciones sobre identidad de género y diversidad sexual que circulan en la Argentina – Chequeado ↩︎
- El estado de los derechos de las personas trans en las Américas: reconocimiento, contradicciones, violencia y retrocesos – WOLA ↩︎
- Odalys Cayambe: “Las mujeres trans están privadas de la libertad por la criminalización” – edición cientonce ↩︎
- Tan solo en 2023, em Brasil se reportaron 135 asesinatos, manteniéndose como el país más letal para personas trans por decimoquinto año consecutivo. En Colombia se registraron 175 asesinatos de personas cuir en 2024. ↩︎
- Budapest Pride: Thousands of marchers defy police ban – DW ↩︎

5 respuestas a «Ni clósets ni tanques: ¡Resistencia disidente y existencia colectiva!»
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