La organización política de barrio como un acto revolucionario necesario

La crisis actual no es un accidente ni una fase pasajera. Es el resultado de un modelo económico global que permite que el 1% más rico concentre cada vez más riqueza, mientras la gran mayoría vive en condiciones cada vez más precarias. Esta acumulación brutal no ocurre solo a nivel nacional, sino a escala global: el capital extrae valor del Sur Global, explota mano de obra migrante, privatiza servicios públicos y transforma cada aspecto de la vida en mercancía. Es una construcción sistémica, sostenida por intereses concretos: Una ofensiva de clase desde arriba.
En este contexto, las crisis se encadenan: crisis económica, ecológica, social, política. Además, la injusticia sistémica se disfraza de problemas individuales: nos hacen sentir que es culpa nuestra si no llegamos a fin de mes, si no conseguimos vivienda, si no tenemos tiempo ni energía para luchar. Nos aíslan. Nos separan. Y así, la respuesta colectiva parece imposible.
Por la precarización de la vida se presenta como inevitable. La crisis se manifiesta como una cadena de eventos, todos entrelazados por el rol del mercado y la violencia sistémica. El mercado y el estado se alinean desde sus trasfondos elitistas burgeses y redoblan esfuerzos en pos de mantener un sector medio lo suficientemente activo en sus actividades económicas, pero lo necesariamente dócil en sus motivaciones políticas.
Mientras la brecha entre los ricos y los sectores más precarizados crece aún más, garantizando siempre una base amplia de personas en trabajos informales, desempleadas y precarizadas, manteniendo así los salarios bajos.
Esta estructura global de dominación tiene consecuencias concretas. Por ejemplo, en una de las áreas más sensibles para el llamado “occidente” debido a su población envejecida, el personal de servicio y de cuido sigue siendo extraído desde zonas deprimidas económicamente y explotadas laboralmente en los centros globales. Al mismo tiempo, el Norte Global saquea territorios periféricos para su turismo, mientras impone políticas migratorias cada vez más violentas.
¿Cuáles efectos tiene esta multi-crisis en la sociedad?
De forma inmediata, la simultaneidad de las crisis conduce al aislamiento y a la individualización. Esta condición se manifiesta como una consecuencia directa de la agregación de la precarización de la vida y la mercantilización de cada uno de sus aspectos. Por ejemplo, el desequilibrio entre el costo de la vida y los ingresos reales genera una sensación de ahogo económico que se vuelve ingobernable para muches.
Incluso zonas que estaban relativamente protegidas del mercado comienzan a verse afectadas. Un ejemplo claro: el transporte público. El famoso Deutschlandticket ha pasado de costar 9 euros a 58 —y seguirá subiendo. También se discute limitar su validez. Es decir, se restringe el acceso a un derecho básico, mientras en el discurso público se lo justifica con el supuesto desgaste del Estado social por el “exceso de gastos en integración” o “seguridad social para migrantes”. Así se reformula el desmantelamiento de derechos como algo inevitable —e incluso necesario.
En este escenario, el gran ausente es una clase trabajadora organizada y con conciencia de su fuerza. Debido al continuo retroceso de los proyectos socialistas del siglo XX, el movimiento obrero internacional ha quedado fragmentado. A pesar de las fuertes movilizaciones populares en los años 2010 —en lugares como Brasil, Turquía, Egipto, Hong Kong—, las cuales no lograron transformar la movilización en trabajo polítitco organizado, algunas de ellas incluso terminaron abriendo el camino al autoritarismo o incluso fortaleciendo a fuerzas reaccionarias1.
Y eso es lo que estamos viendo hoy, especialmente en Europa: las extremas derechas están ganando terreno. ¿Por qué? Porque las respuestas rápidas y cercanas que se presentan como “antisistema” explotan el descontento y lo canalizan hacia el nacionalismo, el racismo y la exclusión. Un ejemplo claro es el crecimiento de estructuras cercanas e internas de la AfD en Alemania.
La razón de fondo es clara: estamos ante una lucha de clases desde arriba. La propagación del odio no es un accidente —es una herramienta ideológica funcional a los intereses de las clases dominantes. Especialmente en lo que respecta a la migración. El control político sobre la migración cumple la función de crear chivos expiatorios que puedan ser culpados por el deterioro de las condiciones de vida. Esto desvía la ira popular de les verdaderamente responsables. Se recubre el problema de la desigualdad económica con el velo del racismo y xenofobia.
Además, el desvío de la atención permite presionar a la baja los salarios, manteniendo al sector migrante de la clase trabajadora en condiciones de extrema vulnerabilidad. Este sector —forzado por su situación precaria— debe aceptar cualquier tipo de empleo, con cualquier condición. Y así, aún sin quererlo, genera presión sobre el resto de la clase trabajadora, que también se ve forzada a vender su fuerza de trabajo por menos. Las élites económicas lucran de las crisis; su objetivo es administrarlas en favor de sus intereses y para eso necesitan dividirnos, enfrentarnos, aislarnos.
¿Por qué la crisis actual hace tan importante el trabajo barrial?

A pesar de ese panorama hay razones por la esperanza. El auge de la campaña del candidato neoyorquino Zohran Mamdani es un reflejo esperanzador de que la acción política puede ir acompañada de una acción vecinal cercana. En un contexto más cercano, la exitosa campaña parlamentaria de Ferat Koçak (Die Linke) también nos muestra un reflejo del potencial de un accionar coordinado y enfocado en el ámbito vecinal.
Tocar puertas, hablar con la gente e invitarles a un café; estas son tareas que distan de un discurso político parlamentario, pero para las que se necesitan fuerzas de iguales dimensiones. No es coincidencia que en ambos casos —Ferat y Zohran— hayan (o estén a punto de) hincar al status quo, a las clases políticas que no conocen a sus vecines y que creen que solo con carteles en las calles pueden solucionar los problemas del vecindario.
Tenemos que empezar por los problemas reales que enfrentan las personas en su vida cotidiana. Desde ahí, podemos: politizar lo que parece individual, reconstruir vínculos de solidaridad, romber el aislamiento, ganar confianza y conciencia y organizar la rabia hacia la transformación.
Un ejemplo concreto desde el Bloque Latinoamericano es la campaña “Anmeldung für Alle” (AfA)2, que nace como una búsqueda a un problema material muy preciso: la exclusión de muchas facetas de la vida debido a el peso de los controles burocráticos.1 Esta exclusión afecta el acceso a derechos básicos como salud, vivienda o trabajo legalizado. AfA toma ese problema, lo convierte en campaña, y en el proceso moviliza y politiza el problema individual. Además, es una campaña que se puede ganar —y eso importa. Porque necesitamos victorias que nos devuelvan la confianza y nos muestren que la lucha vale la pena.
Pero el trabajo barrial debe trascender las demandas puntuales; debe vincularse con la organización política. Las organizaciones políticas no solo son capaces de analizar la coyuntura y de intervenir estratégicamente en ella, también forman políticamente a sus militantes de manera continua para sostenerse en el tiempo. De este modo, pueden garantizar la continuidad en las luchas y acompañar verdaderamente el proceso de construcción de poder popular. Una organización política no solo puede atender las necesidades inmediatas de las personas y lograr mejoras concretas; también puede articular la vida cotidiana con una perspectiva estratégica de transformación más amplia.

Un buen ejemplo de esta articulación es el Frente de Organizaciones en Lucha (FOL), en Argentina. Allí, el poder popular se construye desde la base: comedores populares, espacios recuperados, talleres de formación, alianzas territoriales. No solo para resistir, sino para crear otra forma de vida. En algunos casos incluso ocupan ministerios —no para “negociar”, sino con el poder que construyen abajo, en sus barrios3.
Este proceso no ocurre de un día para otro. El trabajo en los barrios es lento, requiere paciencia y muchas veces es agotador. Tendremos que hablar con personas con las que no siempre estamos de acuerdo —incluso con quienes no nos caen bien personalmente. Pero justamente ese trabajo constante y a largo plazo es el único camino real hacia la construcción de poder popular y para tener una chance de ganar la lucha de clases. La alternativa – una izquierda aislada de las masas y sin poder real – ya no puede cumplir con las tareas gigantescas de la época y no tiene ningún poder contra la fuerza creciente de el 1%.
En el contexto actual, la tarea urgente es la construir una perspectiva común que enfrente la lógica individualista e aislacionista del neoliberalismo, y que rompa con la fragmentación e individualismo capitalista en el que caemos a diario. Hay que reconocer el origen común de los problemas: el rol estructural del mercado y de los gobiernos neoliberales que priorizan las ganancias de las grandes empresas por encima de las necesidades de la población. Por eso, es fundamental insistir en el origen singular de los problemas socioeconómicos (la precarización laboral, la crisis de vivienda, la falta de servicios básicos, la violencia institucional, etc.), así como en las soluciones comunes que podemos construir colectivamente: asociaciones vecinales, asambleas de inquilines, espacios de organización territorial, entre otros.
Tenemos que politizar la percepción de las problemáticas individuales y fomentar la esperanza de que con la organización colectiva es posible crear perspectivas reales.
- Vincent Bevins (2023): If we burn. ↩︎
- En Alemania, pero con mayor urgencia en Berlín, sin registro domiciliario, una persona no puede obtener un número tributario, y sin él un contrato de trabajo, y sin este las posibilidades de encontrar un apartamento, casi nulas…Este ciclo vicioso es particularmente dañino para migrantes, creando y enfatizando la otredad en una sociedad de por sí excluyente. Sin embargo, nunca se cuestiona porqué tantos apartamentos se encuentran vacíos a pesar de regulaciones que dictan lo contrario, ni porqué la mayoría de los alquileres en Berlín sobrepasan el límite legal provisto para precios por metro cuadrado. A pesar de también ser un problema con repercusiones sociales en general, sus causas sistémicas pasan desapercibidas y se culpabiliza a quienes, a pesar de no tener mucho, tienen que gastar la mayor parte de sus ingresos en alquileres usureros, sin registro y muchas veces en condiciones de inseguridad jurídica. ↩︎
- https://bloquelatinoamericanoberlin.org/wp-content/uploads/2025/10/SISTEMATIZACION_INTERCAMBIO_2024_WEB.pdf ↩︎

9 respuestas a «Tomar té con les vecinxs»
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