
Introducción
El mundo que habitamos
Vivimos una etapa de cambios vertiginosos. La pregunta que resuena cotidianamente es si vivimos el fin de una etapa más del capitalismo o si nos enfrentamos al fin del sistema capitalista como lo conocemos.
Desde su consolidación como modelo global, el capitalismo ha pasado por diferentes regímenes de acumulación: el liberalismo, el imperialismo, el fordismo y el neoliberalismo. Diversas crisis llevaron al cambio de las reglas, las formas y las instituciones que dominaban una etapa. La última, la crisis del petróleo y la caída del patrón oro a inicios de los años 70 del último siglo, plantearon el nacimiento del neoliberalismo y el dominio del capital financiero sobre todas las instancias de la vida. Con la caída del muro, este proceso se aceleró, conquistando nuevos territorios y sumando a miles de millones de personas al dominio del capital. ¿El resultado? Crisis social, económica, militar y ambiental.
Ahora bien, desde la crisis del 2008 y su salida con austeridad para los pueblos y socialismo para banqueros, este régimen de acumulación entró en una crisis terminal. La pandemia y la inflación global surgida a partir del 2020 pero sobre todo la guerra imperialista en Ucrania puso en jaque el modelo de producción barata en Asia, acumulación financiera en los centros globales y austeridad global. China, con su política de inversión agresiva, primero a nivel nacional y luego a escala global, rompió el lugar destinado a los países periféricos, comenzando a discutirle el poder hegemónico a EEUU luego de haber sobrepasado a Europa. Rusia consolidó su poder regional fortaleciendo su alianza con China e India, desarrollando una industria militar nacional y consiguiendo recursos naturales aún más importantes que los que ya poseía. Mientras esto sucedía, las sanciones (junto con la expropiación de empresas y activos) impuestas por EEUU y Europa en contra de Rusia solo potenciaron la escapada del patrón dólar, empujando a muchos países a volver a comprar grandes cantidades de oro como resguardo monetario. Europa por su parte dinamitó, literalmente, su acceso a los recursos baratos provenientes de Rusia, desatando una espiral inflacionaria en la región, pero aún más problemático para su economía un aumento de los costos productivos de las grandes industrias en Francia y Alemania en momentos donde China se consolida como un productor industrial y tecnológico de primer nivel. Los gobiernos de estos países europeos intentaron bajar los costos de producción recurriendo a la austeridad fiscal, a la caída del salario real y a un salto forzoso a las tecnologías “verdes”. El resultado está a la vista: aumento de la precariedad y la pobreza mientras los autos eléctricos se pudren en los depósitos porque nadie quiere ni tiene los recursos para comprarlos. La única solución que parecen proponer las élites es un nuevo keynesianismo de guerra, en donde la base de la acumulación y el motor económico serán los tanques, los drones y los misiles. Parece haber poco espacio para las políticas sociales o para la inversión en salud.
En un último intento de no perder la hegemonía de la cual goza desde la segunda guerra mundial, EEUU comenzó una guerra comercial contra China y otros países que terminó por sepultar lo que quedaba del neoliberalismo: la globalización comercial. Si algo caracterizó a esta etapa previa fue el libre mercado a escala global y la necesidad de impulsar acuerdos de liberalización de barreras para el libre flujo de productos y servicios. Las nuevas políticas de EEUU plantean un regreso a la vieja escuela que consideraba la política internacional estatal como una proyección de la guerra comercial para conseguir recursos o mercados puntuales. Lo vemos en la agresión militar en las costas de Venezuela, o como lo nombran ellos, su patio trasero. Vivimos así una vuelta a los tiempos de las guerras del opio en China o el asedio yanqui sobre Japón a mediados del SXIX la llamada “diplomacia de cañonero”. Al mismo tiempo Trump no puede llevar adelante ninguna de sus promesas de campaña: la guerra en Ucrania sigue a toda marcha, ni Putin ni Zelensky parecen hacerle caso al otrora vigía de occidente; su interferencia en la política nacional brasilera solo ha fortalecido al gobierno del PT y finalmente su aliado principal en América Latina, Milei, solo sobrevive en el gobierno por los miles de millones de dólares prestados por el FMI y el tesoro de los EEUU.
En simultáneo se desarrolla un genocidio frente a nuestros ojos apoyado y financiado por las potencias occidentales que más allá de las justificaciones supremacistas de Israel, que sin lugar a dudas son fundamentales para justificar el asesinato de decenas de miles de civiles frente a la población nacional, esconde una necesidad de “pacificar” la región para disputar las rutas comerciales controladas por China que fluyen desde Asia hacia Europa. Día a día, la situación del gobierno de Israel y de sus aliados, en especial de Trump, empeora de la mano de un crecimiento de la solidaridad internacional y del cambio de algunos gobiernos que antes apoyaban el genocidio.
La pérdida de poder relativo de los EEUU se da en simultáneo con un ascenso de la potencia de China para definir el tablero mundial. Como dijimos, la salida de la pandemia, la guerra en Ucrania y el suicidio de Europa promovido por EEUU, le abrieron la puerta al gigante asiático para consolidar su posición a nivel global ya no solo como el principal productor e inversor del mundo sino también como un gigante en el terreno tecnológico.
Lo que vemos es que esta crisis del hegemón global está anclada en un cambio de la matriz productiva del capitalismo. Si la salida del fordismo implicó un acuerdo entre las potencias occidentales y Asia para movilizar la producción hacia el este mientras la acumulación de capital se consolidaba a través del capital financiero en el occidente, la actualidad marca dos cambios de relevancia. Primero que el este asiático, China en especial, ya no ocupa solo un puesto de meros productores baratos de mercancías. El país controlado por el Partido Comunista no solo produce los mejores componentes electrónicos del mundo para grandes marcas occidentales, sino que también lo hace para grandes corporaciones propias (Huawei o Lenovo por ejemplo), también compite en el mercado de plataformas (Temu o Alibaba) y en las telecomunicaciones. Segundo que la vanguardia del capital ha girado del capital financiero al capital nube (Cloudcapital), si vemos las 10 empresas más valiosas en este momento y las comparamos con las diez de hace una década veremos el ascenso de las empresas de software y comercio online. El gran cambio operado en las últimas décadas implica que las nuevas empresas combinan una dinámica rentista y clásica de explotación de la mano de obra para asegurar la tasa de ganancia. Por un lado, mercantilizan las interacciones humanas realizadas a través de los sistemas digitales para orientar no solo nuestros deseos hacia el consumo de ciertos productos, al igual que lo hacía la tradicional publicidad, sino que comienzan a regular nuestro comportamiento a través de consejos, recomendaciones y respuestas personalizadas. Por el otro, extraen plusvalor de la explotación de millones de trabajadores precarios a escala global que, en su mayoría, trabajan sin regulaciones laborales o el acompañamiento de sindicatos. No solo los cientos de miles de trabajadores en depósitos y en el sector de transporte sino también los cientos de miles de programadores y desarrolladores que trabajan de manera indirecta para mantener en funcionamiento estas corporaciones globales de la era digital. Al mismo tiempo se extrae una renta de las empresas y usuarios individuales que para poder vender en plataformas como Amazon o Mercadolibre deben pagar regalías para ser parte del sistema.
Obviamente esto no implica que el capital financiero haya dejado de cumplir un rol clave en la acumulación de capital, sino más bien que ya no representa la punta de lanza del proceso.
Esta combinación de cambios en cómo se extrae el plusvalor y al mismo tiempo como se acumula el mismo pasando a estar en el centro la economía de la nube, pero también en la forma en que se manejan las relaciones entre Estados y empresas a escala global dan la pauta de que vivimos un cambio estructural de grandes proporciones que por lo pronto ya han dado por tierra con el régimen de acumulación neoliberal. Esta nueva etapa comienza con un genocidio sobre el pueblo palestino de la mano de Israel bajo el apoyo cómplice de las potencias occidentales en donde el objetivo es una limpieza étnica que “pacifique” la región y la convierta en un territorio de transporte de mercancías e inversiones inmobiliarias (como lo demuestra el plan de Trump y Netanyahu para Gaza)1. Y aunque las guerras siempre cumplieron un rol fundamental en el desarrollo y la destrucción creativa del neoliberalismo, con un momento fundamental en las invasiones de Afganistán e Irak por parte de EEUU, en la etapa actual el acuerdo generalizado entre las potencias centrales es al parecer la guerra como medio de establecer acceso a los recursos y a los mercados. Al mismo tiempo vemos con claridad un cambio discursivo en cómo se argumentan estas guerras imperiales, en donde el componente civilizatorio y ético esgrimido por los países del Norte a la hora de bombardear Yugoslavia o Libia (solo para citar algunos) deja lugar a un discurso imperial en donde la necesidad económica de las empresas y la seguridad nacional quedan en el centro.
“El comienzo de la historia”
Luego de la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) un filósofo yanqui popularizó la idea del “fin de la historia” en donde establecía que la unión entre liberalismo y democracia había ganado la batalla frente al comunismo. Que la historia como la historia de la lucha de clases había terminado y con ella la lucha entre propietarios de los medios de producción y les trabajadores. Esta forma de entender las relaciones sociales dominó las mentes de funcionarios y burócratas del centro global durante los años 90 y las primeras décadas del SXXI. La política pasó de ser una cuestión de intereses de clases a ser una cuestión de gestión de recursos públicos. Sin embargo la crisis del 2008 y la pandemia pusieron en duda este consenso y plantearon nuevamente que el sistema capitalista se basa en que haya ganadores y perdedores. Mientras los sectores que vivían de un salario se empobrecían, los mil millonarios aumentaban sus riquezas a niveles nunca antes vistos, mientras los pobres pagaban el peso de la inflación y la crisis productiva, las empresas recibían ayudas y subsidios de los Estados. La idea de que todos habían sufrido por igual la crisis y que lo que beneficia a los de arriba también beneficia a los de abajo entró en crisis, y lentamente la lucha de clases comenzó a ocupar el centro de los debates políticos.
En este contexto, las clases dominantes eligieron a les migrantes como el enemigo común para evitar que la población los identificara como los responsables de la crisis. Los gobiernos de los países centrales han hecho campaña apuntando contra los migrantes: Trump, Merz o Meloni son solo la punta del iceberg de un proceso global que parece solo estar comenzando. Mientras vemos que las tasas de inversión caen, los índices de productividad industrial se resienten y la infraestructura pública en la mayoría de los países occidentales se derrumba, estos gobiernos invierten millones en armamentos y sistemas de seguridad para controlar y expulsar a los migrantes. Por otro lado, desarrollan planes para atraer a profesionales con alto valor de especialización para que migren al norte global y trabajen por una fracción de lo que costaría desarrollar el mismo puesto de trabajo con un trabajador nativo.
Una parte fundamental de este nuevo proyecto conservador es evitar la unidad de los de abajo en contra de los planes de ajuste, militarización y precariedad. Estos gobiernos hablan de la importancia de defender a la “clase obrera” alemana, italiana o de dondequiera que sean los fascistas de turno. Apelan a la identidad cultural o nacional para generar identificación, pero lo que está detrás es la búsqueda de un aumento de la precarización (mediante la persecución o la ilegalidad) de les migrantes para bajar los salarios reales de todos los sectores que viven de su trabajo. Es que mientras más precarios, perseguidos y desesperados estén les migrantes más propensos serán a aceptar condiciones terribles de trabajo. A su vez, mientras más personas acepten estas condiciones, más difícil será para la clase obrera nativa mantener sus derechos, ya que las masas de personas desesperadas y precarizadas presionarán hacia la baja estas condiciones laborales y más tarde o temprano comenzarán a reemplazarlos en los puestos de trabajo.
De esta forma, el ataque a les migrantes mientras parece en principio una defensa a los derechos de la clase trabajadora en realidad lo que oculta es un plan sistemático para abaratar los costos laborales y arrancar derechos a les trabajadores. El objetivo de los sectores dominantes no es defender el interés de sus conciudadanos sino resetear la relación capital-trabajo para hacerla más conveniente a la acumulación del capital. No hay que olvidarse que para los dueños del mundo un trabajador es solo un cuerpo para ser explotado, sin importar su idioma, su acento o el pasaporte que tenga.
La única forma de salir de esta guerra entre pobres es identificar al enemigo común, las clases dominantes, y construir alianzas amplias para intentar frenar los planes de empobrecimiento y guerra. Para esto es fundamental que les migrantes se organicen, definan demandas concretas y puedan construir un sujeto político con conciencia plena de su lugar histórico al mismo tiempo que intentan unificar al resto de los sectores populares bajo sus consignas y demandas.
Objetivos
La creación del ECLA tenía y tiene como objetivo consolidar una red coordinadora política latina de izquierda a nivel nacional en Alemania. Esto implica la consolidación de un sujeto migrante que se reconozca como un actor de la transformación social. También implica fomentar la colaboración, el intercambio de saberes y la promoción de nuevas iniciativas.
Para lograr esto, el encuentro busca ser un espacio en donde se puedan incorporar colectivos ya existentes y también se consolide como promotor de nuevas experiencias organizativas.
La consolidación y creación de organizaciones a nivel local tiene como objetivo desarrollar poder popular en los territorios pero al mismo tiempo construir la masa crítica para demandar por mejores condiciones de vida ante el Estado.
Los objetivos de mínima son el piso desde donde tenemos que evaluar la vida política de la red, mientras que los de máxima buscan marcar el horizonte de trabajo y establecer el piso de los periodos posteriores.
De mínima:
- Organizar una actividad en cada una de las ciudades donde tenemos algún grupo.
- Generar un espacio específico del ECLA en el campamento 2026.
- Sumar una ciudad más a la estructura del ECLA.
- Generar mayores niveles de cohesión y formación en el grupo.
- Desarrollar un logo e identidad estética.
De máxima:
- Lograr los objetivos de mínima.
- Elaborar pliego de demandas al Estado.
- Elaboración de un documento orgánico del ECLA.
- Participar de manera activa y propositiva en las elecciones que sucedan en 2026 con la consigna por el voto migrante.
Proyección
Hasta el momento, el ECLA se ha nutrido de la experiencia e impulso del Bloque Latinoamericano Berlín, pero entendemos y queremos que este año sea uno para consolidar la apropiación de la herramienta por parte de los otros grupos.
Durante este año queremos consolidar y sistematizar las herramientas organizativas que hemos desarrollado en el marco del ECLA. El objetivo es poder generar sinergias entre los espacios que se fueron desarrollando en el marco de la red, para que así los grupos de diferentes ciudades tengan claridad sobre las formas y herramientas y las puedan utilizar para el desarrollo de nuevos grupos. A su vez, la cohesión de las organizaciones y personas es parte de la proyección.
Con ese fin, uno de los objetivos de este próximo año es desarrollar un proceso de formación y sistematización sobre metodologías para la consolidación de organizaciones locales.
Entendemos que la formación política es clave para consolidar los procesos organizativos y también para el crecimiento colectivo e individual. Por eso vemos como un objetivo del ECLA que les integrantes puedan participar de las formaciones políticas del Bloque Latinoamericano, así como también de otras que puedan ser organizadas por los grupos que conforman la red y desde el mismo ECLA, y de los Intercambios internacionales.
En este siguiente año queremos hacer foco en el desarrollo de acciones conjuntas y la consolidación de las herramientas necesarias para llevar adelante campañas en el futuro. Creemos que el voto migrante como demanda y la consolidación de un sujeto migrante con capacidad de disputar el poder son ejes centrales para llevar adelante estas acciones o campañas. Sin perder de vista la posibilidad de sumar nuevas ciudades al ECLA, vemos que es un momento de consolidación y fortalecimiento a nivel local y a nivel de la red en su conjunto.
Ventana al Sur – Hannover
Asamblea Migrante Múnich
Bloque Latinoamericano Berlín
Perspectiva Latinoamericana – Kassel
Somos Sur – Bonn

Una respuesta a «ECLA: Plan de acción 2026»
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