De Buenos Aires a Berlín. A 20 años del 2001.

Por Dario Farcy

Se ha escrito mucho sobre las jornadas del 19-20 de Diciembre 2001. Muchxs han relatado lo que sucedió en las barricadas, algunxs lo que sucedía a nivel económico y social, otrxs como las organizaciones se fueron preparando sin saberlo conscientemente para esas jornadas, y muchxs sobre las consecuencias directas que tuvo el estallido social sobre la política de nuestro país. 

No aportaremos grandes datos o análisis que cambien la perspectiva que se tiene sobre la vinculación entre hechos, historias, presentes y futuros en las tierras donde cientos de miles un día rompieron con el posibilismo de la realpolitik y, represión mediante, pusieron un freno al proyecto neoliberal en la Argentina.

La política argentina fue una antes y otra después de aquellas fechas. La posibilidad de una rebelión popular exitosa no era algo nuevo para la historia política. Paradójicamente, el nacimiento de la Unión Cívica Radical, partido que llevó al gobierno a De la Rua, sucedió en el marco de la Revolución del Parque en 1890 y de los sucesivos estallidos sociales en pos de instaurar un sistema electoral democrático. Al mismo tiempo, el 17 de Octubre de 1945, también se trató de la irrupción de un nuevo sujeto social en la vida política argentina: los sectores obreros y migrantes que hasta ese momento estaban fuera del juego político institucional. 

Estos tres momentos fueron el punto álgido del ascenso de nuevos sectores políticos-sociales-económicos que pugnaban por ser incluidos en la vida política, a través de lo cual afectaron directamente la configuración del Estado: Las clases medias, los sectores obreros y rurales y finalmente los sectores desocupados, informales y precarizados respectivamente. 

La situación económico-social expuesta por la rebelión popular de Diciembre 2001 sigue estando vigente y dando sentido a la política actual. Los sujetxs sociales, las formas y prácticas políticas, así como también las reacciones desde los sectores dominantes, siguen siendo las variables desde donde pensar no solo la realidad sino también nuestra identidad como actores políticos.   

El corrimiento del Estado en Argentina tuvo un efecto paradojal. Por un lado, alentó la generación de espacios autogestionados y auto-organizados en pos de responder a las necesidades acuciantes de la población. Por el otro, debido al histórico rol del Estado en la vida cotidiana de las personas (algo similar a lo que sucede en Francia o Alemania), los reclamos siguieron estando orientados hacia las estructuras públicas y siempre se entendió que la responsabilidad final de asegurar los derechos básicos recaía en las instituciones públicas.  

Para lxs que hemos migrado, la influencia de aquellas jornadas sigue siendo muy concreta. No solo nos permitió pensar una sociedad diferente, un país que tuviera otro orden de prioridades o una forma de hacer política diferente, sino que corrió el eje desde donde se piensa la política. Si antes la política solo se encontraba en el Estado, en los partidos políticos o en las elecciones, el estallido social nos permitió descubrir que eso que se venia construyendo por lo bajo, de a poco y desde el llano también se llamaba Política (si, con mayúscula) y que también tenia el poder de transformar la realidad cotidiana empujando a millones a cambiar sus concepciones sobre la forma de organizar una sociedad.

La clásica ruptura entre trabajo político y trabajo social se desdibujó para enriquecerse, ahora en lo social había mucho de político y también a la inversa. La militancia social-política desde los margenes interrumpió las miradas hacia el centro político simbólico del poder, llevándose puesto el acuerdo de lo posible. Si algo llevamos todavía impreso en nuestros cuerpos y mentes es que toda actividad encierra la potencialidad de convertirse en un hecho político y de la mano de la organización en un hecho revolucionario.

También lo que nos enseñó ese proceso que se vuelve interrupción del orden establecido es que la política no puede esperar a las condiciones perfectas para desarrollarse, en que primero hay que planificar y hacer para luego ver los marcos legales o institucionales de lo que se hace. Lo que ahora parece como propiedad exclusiva de la derecha, la transgresión de lo aceptable, fue la clave de un momento de infinita creatividad política.

Como migrantes nos vemos constantemente presionadxs para ocupar el rol que nos tienen asignado de antemano: ser la cuota de color en las mesas de debate sobre política latinoamericana. Rebelarse ante esta posición subordinada es un homenaje a esa tradición militante que aprendimos de lxs millones que decidieron correrse del lugar pasivo que les habían asignado lxs que estaban desguazando nuestra sociedad.

Ante la destrucción de los grandes relatos y de las grandes organizaciones políticas durante los años previos al 2001 lxs militantes buscaron nuevas referencias para poder imaginar futuros posibles. La influencia de la experiencia zapatista y del MST de Brasil, entre otras, moldearon formas de hacer política sui generis cruzando las enseñanzas de otras latitudes con la realidad argentina. Para nosotrxs esta es una de las mayores enseñanzas de la etapa: mirar desde afuera estando adentro. 

Esa caja de herramientas que utiliza instrumentos importados para interpretar la realidad que habitamos cotidianamente, es la que hemos desarrollado en nuestra experiencia en Berlín. Hemos aprendido de las grandes batallas cotidianas y sistemáticas previas al 2001 que ese sincretismo es una de las potencialidades de la migración, permitiéndonos mirar la realidad berlinesa con una perspectiva aprehendida al calor de las organizaciones que parieron el Argentinazo.

El venir de otros territorios pero estar organizadxs aquí nos habilita a mirar desde otro lugar, no para hacer calco y copia, sino para hacer creación histórica.