Desde hace unas semanas Bolivia vive un proceso de rebelión popular que tiene como objetivo al presidente de derecha Rodrigo Paz y su política de ajuste “por etapas”. La represión gubernamental ya dejó varias víctimas fatales, pero el pueblo sigue firme en pie de lucha.

Lo que pretendió ser el inicio de una nueva dominación derechista terminó desatando la peor crisis económica y social del país desde el año 2005. En el centro de las movilizaciones y los cortes se encuentra el Alto, en La Paz, lugar histórico de resistencia de los movimientos sociales y sindicales bolivianos. Allí la Central Obrera Boliviana (COB) y la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia CSUTCB, junto a otros movimientos y organizaciones políticas, están llevando adelante un bloqueo parcial de la capital del país, pidiendo la renuncia de un gobierno que no escucha los reclamos populares.
Pero las protestas desatadas por un programa de ajustes salariales, recortes en la política de combustibles del gobierno y cambios en la posesión de la tierra pone de relieve algo mucho más profundo: el actual gobierno de Bolivia llegó al poder por una casualidad política. La ruptura política entre la vieja guardia del MAS-IPSP y la nueva gestión de Luis Arce llevó a que se abriera una ventana de oportunidad para los partidos y políticos derechistas. Así un gobierno que llega sin un programa definido ni mayores apoyos, intenta imponer la agenda neoliberal tradicional.
Sin embargo, luego de 20 años de gobierno del MAS-IPSP, los movimientos sociales, campesinos y sindicales acumularon poder y estructura como para seguir siendo la principal fuerza política del país.

No es menor tampoco que la apuesta de la derecha global en apoyo de Rodrigo Paz esté vinculada con consolidar un ciclo conservador que tiene a Milei y a Kast como principales exponentes. Más allá de que sus tradiciones políticas son diferentes a las de Paz, responden a un proceso más profundo de recuperación de la influencia de EE.UU. en la región y de destrucción de las conquistas obtenidas por los sectores populares durante las dos primeras décadas del siglo XXI.
Luego de someter al gobierno venezolano a condiciones draconianas, la derecha regional y el gobierno yanqui apuntan sus cañones a los territorios que aún permanecen en resistencia: Bolivia y Cuba. Con diferentes estrategias, pero con el mismo objetivo.
A pesar de que el conflicto recién está en desarrollo y el resultado de las protestas es aún incierto, podemos decir que nuestro apoyo debe estar del lado de las organizaciones populares que resisten el embate neoliberal y luchan por una democracia controlada por el pueblo. Al mismo tiempo, resulta importante hacer foco en que este ciclo de luchas no resuelve el problema de orientación y de conducción de las fuerzas populares.
El conflicto entre Evo Morales y Arce al final del mandato de este último, marcó no solo una disputa de personalidades sino del lugar que tienen los referentes en los diferentes momentos de los procesos de cambio. En otras palabras, plantea la discusión de la transición y de cómo las organizaciones llevan adelante sus procesos de renovación de liderazgos al mismo tiempo que tienen la tarea de gobernar un Estado con dinámicas electorales (partidos, candidatos, etc.). Mientras un tipo de organización prioriza la trayectoria, la capacidad de organización y la consecuencia en los procesos de lucha, la otra necesita cuadros técnicos, referencias mediáticas y un discurso que pueda salir de lo sectorial para hablarle a la sociedad en su conjunto. No hay forma simple de resolver esta tensión, no hay manera de salvar esta discusión sin un profundo proceso democrático que pueda ubicar a los referentes y a las estructuras en el lugar adecuado para profundizar el cambio siendo al mismo tiempo competitivo en el plano electoral.
Las semanas y meses que vienen definirán la importancia de estas luchas para Bolivia y para la región. Cada batalla ganada por el imperialismo y por la derecha es un paso más hacia el abismo del autoritarismo neoliberal. Sin olvidar los debates pendientes, sin dejar de lado la discusión sobre el proyecto de sociedad que queremos construir, debemos aunar fuerzas para combatir el plan de pobreza, exclusión y violencia que las elites globales han definido para nuestros pueblos.
